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¿Por qué escribir sobre animé?

February 6, 2018

 

Responder a esta pregunta equivale a responder otras interrogantes que abordan diversos elementos que generalmente no son considerados necesarios o importantes como para darles cabida en un libro, un artículo en el diario o la televisión. De manera más general, esta pregunta responde a la duda de: ¿por qué escribir sobre cultura pop?

     Los medios sociales, tanto los más formales y consagrados, como los más recientes, suelen dar prioridad a temas de la llamada «altura cultura» y aquellos que atraen público de manera masiva.  Pero hay grupos que casi siempre quedan rezagados: los nichos, las comunidades. Hoy en día esta situación se vive de manera más enfática, puesto que la globalización y las nuevas tecnologías han integrado diversos tipos de arte, géneros, tendencias y productos de casi todas partes del mundo…a casi todos los lugares del mundo.

     Las últimas tres décadas de Chile —y probablemente en toda Latinoamérica— ha visto crecer generaciones que se formaron con el cine americano, los videojuegos, la música oriental y el animé; pasiones de nicho que solo en el último tiempo han comenzado a ver la luz fuera de su delimitado círculo. Aún hoy en día, muchas personas podrían preguntarse cuál es la necesidad de indagar en estas temáticas que, por lo general, no pasan de ser hobbies, tendencias y medios de entretención. Sospecho que, para muchos, la respuesta sería una exageración innecesaria, pero lo cierto es que esta cultura merece tanta o más atención que cualquier otra; y es que es en ella donde se manifiesta el pueblo, en ella se ve la sociedad en su cara más directa y realista, y es en ella donde se vive el día a día del acontecer actual. De la misma forma en que somos testigos de la influencia social del fútbol, o del valor que han adquirido las marchas estudiantiles, así también otros elementos de la cultura pop nos han afectado como sociedad.

     La aparición de productos extranjeros, principalmente orientales, tomó desprevenidos a los adultos que en su momento los vieron llegar. Así, el animé y los videojuegos arribaron a nuestra cultura como elementos infantiles, sin que los adultos —mediadores— se interesaran siquiera en conocer a fondo el nuevo producto que estaba llegando a manos de sus hijos.

     El afán por hacer que todo lo infantil sea tierno e inofensivo se hizo notar cuando, a mediados de la década de 1990, los padres, escandalizados comenzaron a protestar contra esos «dibujos diabólicos» llenos de violencia y contenido no apto para niños. Aunque el animé ya había llegado hace un par de décadas a nuestro continente, el público no estaba preparado para el tipo de series que caracterizó la década del animé ochentero y noventero, y, junto con el boom y la fascinación por parte del público infantil, comenzó una seguidilla de quejas por parte de la población adulta que no veía con buenos ojos estas caricaturas tan temerarias.

     Ante estos comentarios nada pasó…porque nadie sabía muy bien qué decir. ¿Cómo defender o criticar, sin conocer? El animé llegó a nuestro país camuflado de caricatura infantil, y ni siquiera los canales televisivos tenían un conocimiento asentado del tipo de producto que estaban transmitiendo. Nadie comprendía el sentido de estas caricaturas que, para algunos eran muy infantiles, y para otros, más maduras. En este sentido, la generación de los 90 fuimos una suerte de conejillos de india; aquellos que experimentamos el producto sin advertencias ni indicaciones, y con casi ninguna fuente capaz de otorgar dicho conocimiento.

     El animé siguió llegando al continente, continuó transmitiéndose en los canales de televisión, y nuevas series, mucho más audaces y profundas comenzaron a llegar.  A mitad de la década del 2000, la aparición de las tribus urbanas "Otaku" y "Pokemon", llamó la atención del público general, pero ni siquiera el programa El diario de Eva, que dio espacio a estas tribus, logró hacer comprender el origen de estas tendencias, y los mismos jóvenes eran incapaces de hacer comprender a la sociedad la fascinación y las razones que hacían que estas caricaturas, entre otras cosas, fueran un apoyo y un estilo de vida para ellos. La ignorancia respecto al tema era evidente.

     Hoy en día, el animé, los videojuegos y gran parte de lo que compone el mundo ñoño y geek, han logrado salir del nicho. Los fanáticos de aquellos años somos ahora adultos que podemos vivir nuestra pasión de manera diferente: más libre y sin tantos prejuicios. A esto ha ayudado su asentamiento en el continente y la vasta información que se encuentra en internet. Y, si bien, no todo el mundo los prefiere, la cantidad de personas que reconoce el animé y las tendencias orientales es cada vez mayor. Es común encontrar personas que, sin ser fanáticos, conocen, al menos de nombre, series como Dragon Ball, Sailor Moon, Los caballeros del zodiaco, Naruto o Death Note, y no faltan los que han visto series aún no estrenadas en nuestro país, ni dobladas al español, por recomendación de un amigo o por medio del «boca a boca». Ya no es un nicho ni la tendencia de los ñoños acérrimos, sino un tipo de arte/producto que cada vez se está volviendo más común en nuestra sociedad.

     Pero esto no mejora del todo el problema de la ignorancia y el desinterés que siguen existiendo en torno a estos temas. ¿Qué es el animé? ¿En qué se diferencia de otras caricaturas? ¿Es realmente infantil o no? ¿Por qué en Japón muchas de estas series son totalmente aptas para niños, mientras que en muestra tierra todo se vivió de manera más censuradora? Más importante aún: ¿Qué tiene de bueno el animé? ¿Por qué gusta tanto? Responder este tipo de preguntas ayudaría a comprender a generaciones enteras que se han sentido aisladas o discriminadas en la sociedad, pero más importante aún: permitiría conocer qué es lo que están consumiendo y absorbiendo tanto adultos como niños; qué influencias, roles, modelos y costumbres están aprendiendo mediante la conexión con estas series, y qué valores pueden aportar a nuestro modelo social.

     Es un error minimizar el valor del animé, así como el de los videojuegos, las películas, las series o los hobbies, puesto que en ellos se manifiesta la parte del día a día más íntimo de las personas, y el lado más humano, placentero e incluso artístico de la sociedad. ¿Por qué no explotar esas pasiones? ¿Por qué no dar fomento a los frutos artísticos que se generan a partir de ellas? ¿Por qué no adquirir los valores o virtudes que entregan? Hacer caso omiso de estos elementos es ignorar parte de la opinión de la sociedad, es no escuchar un mensaje que se desde hace décadas se está manifestando tanto en Chile como en el resto del mundo.

     Es hora de que reconozcamos la importancia de las influencias y estímulos que desde hace un tiempo venimos recibiendo por doquier gracias a los efectos de la globalización. Si bien cada cultura sigue su camino, el contacto y la mezcla entre ellas es cada vez mayor, y dado que hemos aceptado, de manera tácita, la llegada de elementos externos a nuestra sociedad, es también justo captar el modo en que estas influencias están transformando nuestros paradigmas. El animé es solo un caso de los muchos que existen dentro de la cultura pop, que es la que se encarga de recoger estos estímulos.

     Si bien no todo tiene que formar parte de lo académico, ni ser analizado hasta sus extremos, sí es necesario prestar atención a todo lo que la cultura pop tiene que ofrecer. Escribir sobre estos temas, ya sea de manera formal o informal, es un apoyo a esta difusión que puede permitir generar un mayor conocimiento y apertura a estos elementos que ya llevan un buen tiempo asentándose en nuestra cultura y dejando su influencia en las más jóvenes generaciones.

     No son pocos los fanáticos que reconocen en sus hobbies, especialmente en el animé, valores que inspiran a metas y tendencias sanas y positivas; hacer comprender a la sociedad esta realidad es lo que hace falta para darle el mérito y la gracia que se merecen, y es por ello que es necesario hablar y escribir sobre animé.

 

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